¡La bendita coherencia!

Acercándose la Semana Santa, ya me disponía yo – como todos los años – a hacer la respectiva apología de la coherencia por si hay alguno que otro católico que quisiera vivir el Misterio de su fe, en vez de darse las merecidas vacaciones en la playa, luego pensé: “en verdad, ya estamos todos grandecitos y sabemos que la Semana Santa no es un feriado”. Mal que bien, no vivir la Semana Mayor como Dios manda, no será – creo yo – uno de los puntos que dicten sentencia para que un cristiano se condene al infierno, aunque tampoco será una obra virtuosa que le será tomada en cuenta cuando la balanza “buenas obras – malas obras” esté tambaleándose. Sin embargo, me parece una manera práctica de juzgar si soy cristiano porque me cayó el Bautismo encima o porque he sabido corresponder a esa gracia de ser hijo de Dios.

La convicción de ser cristiano

Hace poco leía un libro de Historia de la Iglesia y me topé con una frase que no dude en twittear inmediatamente, decía: “La Historia debe, pues, rechazar el Cristianismo o aceptar la Resurrección”[1], y quedé cuestionado por la sencillez atrevida de la afirmación. ¿Pero no es acaso así como debe ser, no sólo con la Historia sino con nosotros mismos? Y es que si uno acepta a Jesucristo, debería aceptar automáticamente a la Iglesia (viene con el paquete y no son separables), y al aceptar el paquete completo, es sencillamente una falta de sensatez y un absurdo actuar en la vida práctica de manera diferente a como lo exige la fe que se dice profesar. No puede uno decir: “sí, yo creo que existe una vida después de la muerte, el Cielo y el infierno”, y luego andar en pecado mortal por la vida con días, meses y años sin confesarse. Es algo absolutamente contradictorio, y siendo esto así, al igual que como con la Historia, o vivimos de acuerdo a lo que creemos, o rechazamos abiertamente todo y decimos que es una farsa.

La Semana Santa, al igual que con la Navidad o cualquier otra celebración cristiana mundialmente reconocida, es una ocasión de replantearse la vida, y en última instancia de conversión o – por qué no decirlo, de apostasía –. ¡Que nadie se escandalice que no estoy alentando a que abandonen la fe! Tan sólo hago un llamado a ser sinceros consigo mismos y con Dios. Después de todo hay quienes viven como cristianos sin serlo, y hay otros que sin estar bautizados viven una coherencia admirable en respuesta a la verdad que conocen. Después de todo, uno de los factores que más atentan contra la credibilidad de la Iglesia es nuestra incoherencia de lunes a sábado y nuestro fariseísmo de domingos, y así francamente, uno no puede, no debe vivir. Porque, una cosa es que seamos pecadores, y otra muy diferente que nos acostumbremos a nuestro pecado.

“Y no creáis que basta con decir en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abrahán’; porque os digo que puede Dios de estas piedras suscitar hijos de Abrahán. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3, 9-10)

Es que me da la impresión de que aquello que gritaba con voz exasperada Juan Bautista en el desierto, es una advertencia que nos sigue cayendo como balde de agua fría. Muchos seguimos creyendo que somos “buenos” por el hecho de ser bautizados, o peor aún, por aquella respuesta mediocre y defensiva que tiene todo aquél que no quiere confesarse: “es que yo no robo y no mato”, y lo que no terminamos de comprender es que nuestra bondad y nuestro Bautismo son una gracia de Dios y no un premio a nuestros méritos.

“¡Conviértanse!”

Sea en tono de villancico, en ritmo de letanía o como meditación de viacrucis, la Iglesia no cesa de comunicar el llamado del Señor Jesús a la conversión, a que muera el hombre viejo para que sea el hombre nuevo el que viva, para que dejemos las tinieblas y nos revistamos de la luz, en fin, para que seamos felices caminando hacia la santidad que nos pide Dios, y la Semana Santa es un tiempo predilecto para ello. Visitando siete iglesias, besando la cruz con devoción, rezando en procesiones largas y calurosas: es un tiempo de penitencia y conversión. Un tiempo para vivir de cerca y a profundidad la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. No basta con ir a misa el Domingo de Resurrección (asumiendo que se cumple aquello, que sería lo mínimo, básico e indispensable de un cristiano al que le cayó el Bautismo), sino que la Iglesia plantea vivirlo con intensidad, participando en todas las actividades desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección.  El grito de “¡conviértanse!” no puede quedar atrapado en el Evangelio, como una alegoría a una “vida decente”. La conversión exige morir a uno mismo para que sea Jesucristo quien viva.

El Cristianismo light

Me permito dirigirme finalmente, a aquellos cristianos que gustan de vivir cómodamente bajo la ley del mínimo esfuerzo en la vida espiritual, sin violentarse nunca, buscando falsa paz a cada rato para ser reconocido como “tolerantes” en todo. Me hago eco de las palabras de un gran autor:

-¡Cobarde! ¡Co-bar-de!

-¿Que no puedes? ¡No quieres! ¡Con hombres como tú, el Cristianismo se hubiera arruinado antes de entrar en las catacumbas![2]

La Iglesia siempre ha sido perseguida, sin embargo el criterio de muchos santos al respecto es ensordecedor, y concuerdan en que a mayor grado de persecución, mayor grado de santidad. Y ya lo había dicho san Pablo, que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5, 20) Es que la vida del espíritu no puede crecer si no es bajo tensión y en medio de luchas y pruebas. Lejos – pero bastante lejos – de lo que ofrecen las religiones orientales como el budismo, el Cristianismo no busca huir de la realidad o entrar en una especie de “paz interior” que no conoce de luchas. “¡La vida del hombre sobre la tierra es lucha!” (Job 7,1) y esto es lo que tarda en comprender quien se escandaliza de las palabras ayuno y abstinencia pero le suena perfectamente normal dieta y antojos. Cristianos de museo les llama el Papa Francisco, y católicos light los ha bautizado la Iglesia.

A casados y curas, a misioneros y a monjas, a santos y pecadores: la Iglesia hoy, una vez más, nos llama a la conversión, a poner el corazón en Cristo, de tal manera que sea Él el centro de nuestra vida y nuestras decisiones. Que en esta Semana Santa podamos arrodillarnos ante Jesús Crucificado, llorar nuestras miserias y pedir perdón de nuestras estupideces, para luego el Domingo de Resurrección llenarnos de valor y esperanza para anunciar a otros con alegría, que el Reino de los Cielos ha llegado.  Si hasta entonces no los veo, ¡feliz Pascua de Resurrección!

@stevenneira


[1] ROPS Daniel, Jesús en su tiempo, Editorial Porrúa, p. 2.

[2] URTEAGA Jesús, El valor divino de lo humano, Patmos, p. 119.

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