¿Existe el infierno? – Lo que necesitas saber

Es muy típico que al escuchar la palabra “infierno” se nos venga a la mente un lugar con lava incandescente, mucho fuego y gente sufriendo mientras dos demonios castigan a los pobres condenados a arrastrar un saco de piedras por la eternidad. Por estas imágenes debemos agradecer al arte que surge a partir del siglo V en adelante.

Muchas son las cosas que a la gente le cuesta aceptar de la doctrina cristiana, sin embargo el infierno forma parte de ese grupo de dogmas que generan cierto rechazo o comezón, incluso entre los mismos cristianos, ya sea porque su existencia les parece absurda y contradictoria con respecto a un Dios amoroso, o porque les parece una enseñanza anacrónica que ya no aplica en nuestros tiempos, en otras palabras, suelen utilizar ese término – mal empelado por cierto – con el que pretenden eliminar la autoridad de la Tradición: “eso es algo medieval”. Sobre esto, a mi realmente  me intriga cómo es que, quienes niegan el infierno y se dicen “católicos” asisten a misa los domingos y rezan el Credo… ¿se saltan acaso la parte en que Cristo descendió a los infiernos?

Una verdad indiscutible

La existencia del infierno la afirma Jesucristo en varias ocasiones, tanto cuando se refiere al fuego que no se apaga[1] como cuando hace alusión al horno ardiendo[2], y en todas las ocasiones, el sentido no es otro que aquél lugar o estado reservado a los que rechazan abiertamente a Dios por medio del pecado mortal, donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo[3]. Y así, en menos de un párrafo hemos introducido ya tres citas bíblicas, lo que nos permite tener la plena seguridad de que el fundamento bíblico es vasto y amplio.

“La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno. (…) La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.”[4]

La única intención por la que procedo a tantas citaciones, es para que no  quepa duda de que la existencia del infierno es un dogma de fe para todo católico, desde los tiempos de Cristo hasta la actualidad. Sobre esto, ya muchos – sobre todo la prensa no católica, ignorante en materia de doctrina – han tratado de hacerle decir a los distintos Papas, especialmente los dos últimos Benedicto XVI y Francisco, cosas que no han dicho nunca, desde que el infierno no existe, hasta que era tan sólo una metáfora.  Sin embargo, que nos quede muy claro que el infierno existe y es doctrina de la Iglesia que no cambiará ni hoy ni nunca. En otras palabras, no es posible ser católico y a la vez negar el infierno.

¿Hay fuego en el infierno? – ¿cómo se sufre en el Infierno?

Probablemente la pregunta vaya mucho más allá, pues la teología no termina de definir con certeza si se trata de un lugar físico, de un estado del alma o de ambos y sobre esto la Iglesia ha venido profundizando a lo largo de los siglos. El fuego del que se habla en las Escrituras y que recoge la Tradición de la Iglesia, trata de comunicarnos la certeza de un sufrimiento real, y entonces tendríamos que responder a otra duda: ¿cómo se sufre en el infierno?

Para responder esto, habría que distinguir una doble naturaleza de este sufrimiento:

  1. Pena de daño

Ser conscientes de haber perdido la salvación y la visión de Dios para toda la eternidad. La carencia total de paz, esperanza y caridad. Es un dolor real que martiriza la propia existencia. Más aún, la conciencia de que existe un Dios feliz, que hay ángeles y seres humanos que disfrutan de la dicha eterna a la que ellos (los condenados) ya no pueden aspirar, llena de miseria su existencia y solo incrementa en ellos el odio a Dios, a los demás y a sí mismos.

  1. Pena de sentido

Consiste en el tormento de fuego, es decir, el tormento de los sentidos, dolor también real y verdadero. Como lo ha definido la Iglesia: fuego verdadero que consume el alma sin destruirla[5].

También es importante aclarar que las penas en el infierno son desiguales. Esto quiere decir que, en orden de la justicia, sufre más quien pecó más o quien pecó más gravemente. Esto queda mostrado con mucho estilo en La Divina Comedia de Dante Alighieri, que sin ser considerado de carácter dogmático, nos presenta una visión del infierno muy acorde a la teología, describiendo los 9 círculos infernales, cada uno con tormentos más grandes que el anterior.

¿Los condenados pueden arrepentirse?

Nunca falta la pregunta de “¿qué pasaría si el demonio se arrepiente?”, a lo que siempre nos veremos obligados a responder que Dios lo perdonaría, sin embargo, aquí el problema no es sobre la misericordia de Dios, sino sobre la posibilidad de los condenados a arrepentirse, pero el pedir perdón les resulta imposible. Explico: dado que los condenados en el Infierno se encuentran en total separación de Dios, ajenos a Dios, no reciben la Gracia Divina, la cual es indispensable para poder realizar un acto bueno. Siendo que, el pedir perdón es un acto de humildad y de amor, le es imposible al condenado realizarlo. No está en su naturaleza ya, el aceptar la ayuda de la Gracia.

Dicho en pocas palabras, la naturaleza del condenado está destinada a hacer el mal, a actuar por odio. Su naturaleza queda irremediablemente conformada en su pecado.[6]

¿Cómo es que un Dios amoroso envía a alguien al infierno?

He aquí la cuestión que atormenta a quienes les parece sencillamente imposible conciliar al existencia del Infierno y a la vez, la existencia de un Dios que es Amor.

Lo primero que debemos aclarar es que Dios no envía a nadie al infierno; si un alma termina en el infierno es debido a sus propias decisiones y pecados. Dios nos ha dado el don de la libertad, ya sea para amarlo o rechazarlo. En esencia, Dios nunca ha enviado a nadie al infierno, pero ha permitido que las personas le den la espalda y terminen allí.

Ahora, muchas veces esto se ha convertido en una especie de “argumentación” contra la existencia de Dios, pues suponen que la existencia del infierno debe probar que Dios no es realmente amoroso y por ende tampoco existe. La paradoja es que en realidad el infierno existe porque Dios es amoroso. Para explicarlo de la mejor manera no se me ocurre otra cosa que un microcuento:

“Juanito” vive su vida “a su manera”. Siempre hace lo que él quiere, y en tal caso lo que parece hacerlo feliz bajo sus términos. Rechaza a Cristo y sus enseñanzas sobre fe y moral. Es indiferente con las personas que tratan de compartir el amor de Cristo con él. Escoge hacer las cosas a su manera. Juanito no quiere tener nada que ver con Dios durante su tiempo en la tierra. Cuando Juanito muere, es juzgado – de acuerdo a lo que escuchó y en la medida en la que estuvo expuesto a la verdad de Dios –. Juanito, viviendo en el siglo XXI, ha perdido la excusa de la ignorancia. Es decir,  no puede pretender que nunca ha escuchado de Dios o presenciado el testimonio de vida de sus amigos cristianos.

Ahora Dios – con todo el amor incondicional y eterno que le tiene a Juanito – básicamente le dice, “Juanito, mi hijo amado, intenté una y otra vez de alcanzarte con mi amor. Compartí contigo la verdad. Te di un sinfín de oportunidades para que me conocieras y me amaras… pero me rechazaste. Así que, Juanito, dado que no quisiste tener nada que ver conmigo en la tierra, y esa fue tu decisión, no te forzaré a que vivas la eternidad conmigo en el cielo. Respetaré tu libre albedrío y permitiré que pases la eternidad en donde Yo no estoy.”

Y llamamos a “ese lugar” infierno.

Les seré muy sincero. Dada la enseñanza de Cristo y el Magisterio de la Iglesia con respecto al infierno, y frente a la doctrina de la Misericordia Divina… irse al infierno requiere de un esfuerzo bastante grande y sistemático por rechazar a Dios y su Gracia una y otra vez, y el hecho de que Cristo es de los enamorados que pasan frío afuera de la puerta de nuestro corazón hasta que le abramos[7], es decir, para variar es insistente, nos deja como conclusión de que, si alguien se condena al infierno es verdaderamente porque fue su decisión y así lo quiso, sobre esto no puede haber duda.

A diferencia de quienes creen que esto es un “invento de la Iglesia para introducir miedo a los fieles, y así mantenerlos engañados y bla, bla, bla…” la doctrina del infierno afirma con mayor fuerza la profundidad del amor de Dios, la responsabilidad sobre nuestra libertad y por supuesto, deja un abismo que desafía a la teología, cuando nos invita a contemplar la Misericordia de Dios, que a fin de cuentas es un misterio, razón por la cual, NADIE, ni la Iglesia ni el Papa, están en la capacidad de afirmar que alguien se ha condenado.


[1] Mc. 9, 43-48

[2] Mt. 13, 41-42

[3] Mt. 10, 28

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 1035

[5] Denzinger, “Enchiridion”, n. 40

[6] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica – Pt. 1ª, Cuestión 64, sobre la pena de los demonios.

[7] Apoc. 3, 20

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