La misericordia: el amor visceral de Dios

Como algunos sabrán, estuve de ejercicios espirituales durante esta última semana, y debo confesarles que han sido días muy intensos, después de todo ni bien habíamos terminado la Semana Santa, ya estábamos iniciando los ejercicios. Así es señores, así como existen ejercicios físicos para fortalecer los músculos, también hay ejercicios espirituales para fortalecer el espíritu, y tanto los unos como los otros, llegando a cierto punto pueden exigir mucho esfuerzo, e incluso agotarnos. Tengo un montón de cosas para compartirles, pero he escogido lo esencial que puede ser útil para todos…

La realidad de nuestra miseria

Durante este Año de la Misericordia es posible que terminemos abombados de tanta información con respecto a las obras de misericordia o a tal o cual encíclica de tal o cual Papa, sin embargo creo que debemos centrarnos en un punto esencial: “¿Qué es la misericordia?… de eso también hay un montón de información, sin embargo tan sólo quería compartirles una definición interesante que nos da san Agustín: “Dar el corazón a los míseros”.

Es interesante, porque aquellos míseros somos nosotros y Aquél que se da es el Señor. Siendo ésta la realidad, se nos hace cada vez más urgente tomar consciencia de nuestra miseria, porque así – y sólo así – el Corazón de Dios nos será accesible, haciendo consonancia con aquél Salmo que nos recuerda que el Señor resiste a los soberbios[1]. Evidenciar la realidad de nuestra naturaleza herida no es otra cosa que un ejercicio de humildad y sensatez, sobre todo cuando – por alguna extraña razón – nos creemos “merecedores” de aquello que tenemos por puro don, como la vida, la salud, la familia, etc. Esta es nuestra realidad mis estimados, somos polvo y al polvo hemos de volver, por eso con justa razón David se pregunta en uno de sus salmos:

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides?”[2]

Y la verdad es que ante la grandeza y bondad de Dios no somos absolutamente NADA. Sin embargo, hace pocos días hemos vivido la Semana Mayor que nos recuerda que Dios amó tanto al mundo que envió a Su Único a Hijo a morir por nosotros, y más claramente aún, en vez de nosotros… seamos sinceros, ante el amor de Dios, hasta el más soberbio con un poquito de sensatez se ve realmente vencido.

El amor visceral de Dios

“Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata de un amor visceral. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.”[3]

¡Éste es el amor con el que Dios nos ama! Un amor que viene de lo más profundo, un amor incomprensible, pero además un amor concreto que, como el fuego, debe quemarnos por dentro para luego encender en los demás otros fuegos. Y es así, un amor que no conoce límites para darse y mucho menos para perdonar. En esto vale la pena recordar lo penoso que se escucha, cuando un cristiano manifiesta que él/ella “perdona pero no olvida”… una frase lamentable – y mundana además – que trastoca por completo el sentido real y verdadero del perdón. Basta recordar que cuando el padre misericordioso de la parábola recibe al hijo pródigo, no le permite continuar sus explicaciones sobre porqué dejó el hogar o sobre qué hizo con la herencia, sino que le tapó la boca con un abrazo y lo cubrió de besos[4]. He aquí el amor visceral de Dios, un amor que perdona la ofensa y luego la sepulta. En otras palabras, quien perdona y no olvida, no ha perdonado en verdad, pues en un corazón que realmente ha perdona no hay cabida para el rencor o el resentimiento. Sin embargo, cuando se dice que el perdonar es algo divino, pues es también algo muy real, porque a fin de cuentas, sólo nos es posible perdonar por la gracia de Dios que debe trabajar en nosotros.

El tiempo pascual es un tiempo de misericordia

No caigamos en el error de pensar que la Iglesia celebra en la Pascua “un recuerdo” o una “memoria” ¡No! La Iglesia celebra a Aquél que vive por los siglos de los siglos, por tanto el tiempo pascual es un tiempo privilegiado para vivir la misericordia de Dios en nuestra vida, primero experimentándola nosotros mismos a través de la Confesión, y luego comunicándola a los demás a través de las obras de misericordia[5]que permiten que ese amor visceral de Dios se plasme en rostros concretos y no en “palabras bonitas”.

Que en este tiempo de pascua sepamos vivir la alegría y testimoniar en nuestras vidas a Aquél que ha resucitado.

Dios los bendiga.


 

[1] Salmo 138, 6

[2] Salmo 8, 5

[3] Papa Francisco. Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia: “Misericordiae Vultus”, 6

[4] Lc. 15, 11-32

[5] Las obras de misericordia están divididas en corporales (dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, dar posada al peregrino, visitar a los presos y enterrar a los muertos) y espirituales (enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos ajenos y rezar a Dios por vivos y difuntos)

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