¡Bendita Navidad!

Debo serles franco, estuve media hora observando el pesebre, tratando de pensar en qué escribir sobre la Navidad. No escribiría sobre las imágenes (ya lo hice), ni sobre la historia de la celebración y mucho menos sobre el verdadero sentido, porque en estas fechas existe un sinfín de artículos al respecto, de manera que no se me ocurrió otra cosa que compartirles una pequeña reflexión personal, nacida ante el pesebre…

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NO OLVIDEMOS LO QUE SOMOS

¡Miseria! Eso es propiamente lo que somos, y es lo primero que pienso al contemplar al Niño Jesús en el pesebre. Ciertamente, habrá uno que otro que me dirá que soy muy negativo, pues habiendo tantos aspectos bonitos de la Navidad que podemos meditar: la alegría, la esperanza, el amor o la fe, escojo enfocarme en nuestra miseria. Es que debo serles sincero, al contemplar a Jesús en el pesebre, no puedo evitar ir un poco más allá, para ver claramente la sombra de la Cruz que marca el camino de este Niño-Dios. Y entonces – créanmelo – quedo completamente sobrecogido al contemplar un misterio que sólo la fe podría alcanzar: el Dios Eterno, Dueño y Señor del Universo, Creador de cielo y tierra, fue desafiado, desobedecido y rechazado por nosotros, acarreándonos una maldición eterna, pero lejos del castigo – que bien merecido lo teníamos – envía a Su Único Hijo, para que asuma esta humana naturaleza, herida y limitada. Luego, vemos este pesebre – ¡y no dejemos de contemplarlo! – y de repente vemos al Soberano del Universo, completamente dependiente de sus criaturas, hecho un Niño frágil, a Quien la Virgen tuvo que enseñar a caminar y a Quien san José tuvo que enseñar a hablar. Mientras contemplo a este Niño Dios, las palabras de san Pablo me retumban en el corazón:

“Cristo nos redimió de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición (…)”[1]

¿Merecíamos algo de esto? ¡Definitivamente no! Sin embargo, ahí está el Niño en un establo, después de que san José haya tocado cada puerta de Belén de Judea pidiendo posada, para finalmente terminar en un pesebre, y ¿qué cosa es un pesebre? Nada más que donde come la vaca y el burro. Quisiera que tengamos claro este detalle, pues dónde nació Cristo, no fue otra cosa que un lugar sucio, con olor a excremento de animales y comida de ganado.

Ante esto señores, no olvidemos lo que somos, porque por aquello que somos, el Hijo de Dios que los profetas anunciaron, ha venido a nacer en esta tierra miserable.

CRISTO HA NACIDO Y SIGUE NACIENDO…

Hay muchos que no terminan de comprender cómo es que funciona esto del Ciclo Litúrgico, es decir, cada año la Iglesia celebra Adviento, Navidad, Cuaresma, etc… ¿qué diferencia hace el año pasado de este? ¿Es que ahora porque fue 2015 o porque pusimos un foquito más al árbol? Y en realidad lo que sucede, es que la Iglesia – que somos nosotros – seguirá celebrando siempre lo mismo, pero tú y yo no podemos seguir siendo los mismos del año pasado. Es decir, ese Ciclo Litúrgico que da vueltas como un círculo, no es otra cosa que una espiral ascendente, pues aunque celebramos las mismas cosas cada año, el alma es la que debe ir perfeccionándose en cada celebración.

Cristo nace verdaderamente allí donde un pecador se ha convertido, donde un soberbio aprendió a ser humilde, donde un lujurioso se enamoró de la castidad, allí donde nuestro corazón de piedra se hace de carne, allí ha vuelto a nacer Jesucristo ¡Bendita Navidad!

LA CELEBRACIÓN “PARA LOS NIÑOS”

Mucho se escuchará  que es ésta una celebración “más para los niños”, y ¡cuánta razón tienen!, porque sólo de aquellos que son como ellos es el Reino de los Cielos[2]. Y siendo esto así, Dios nos dé la gracia de estar entre la clasificación de “niños” para poder celebrarlo. Se equivocan, quienes creen que es esto un infantilismo o una especie de reduccionismo de la fe cristiana. Es pura y netamente el Evangelio en su máxima expresión.

Sucede que aquellos que no son como niños, han perdido la capacidad de asombrarse del misterio, de contemplar la Verdad sin tratar de abstraerla, de alegrarse con los ángeles del cielo para gritar con viva voz: “¡Gloria a Dios en las alturas, y paz a los hombres de buena voluntad!”. Dios quiera que en esta Navidad, cuando escuchemos que es una celebración “para los niños”, podamos sentirnos aludidos, porque al final si no es así, sino que somos de aquél grupo que llegada cierta hora de la celebración, envía a los niños a la cama, porque ahora “viene una celebración para los grandes, con música estridente y cigarrillos de entretiempo”, recibiremos con justa razón aquél llamado de atención del Señor: “Dejad a los niños y no les impidáis acercarse a mí, porque de los tales es el reino de los cielos”[3]. Más aún, si los alejamos porque de repente el ambiente “navideño” resultó convertirse en pagano, la sentencia será más fuerte y se nos dirá: “Mejor le fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojasen al mar antes que escandalizar a uno de estos pequeños”[4].

Que en esta Navidad podamos contemplar nuestra miseria, para así poder apreciar con justicia el amor que el Padre nos ha tenido en Su Hijo. De repente así comprenderemos con mayor claridad, porqué el Papa ha iniciado el Año de la Misericordia en este mes… ¡cuánto hemos recibido de Dios y cuán poco hemos dado de lo que hemos recibido!

Dios nos dé la gracia de ser menos mezquinos con nosotros mismos, para así donarnos a los demás. De repente y con Su gracia podamos donarnos como lo hizo en la Cruz, sino, que al menos lo hagamos como el cirineo, de a poco y a regañadientes, pero que al final del día nos enamoremos perdidamente de Su mirada.

¡Feliz Navidad!


 

[1] Gál. 3, 13

[2] Mt. 18, 3

[3] Mt. 19, 14

[4] Lc. 17, 2

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