¡Alto! ¿Qué sentido tiene tu vida?

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Ciertamente la mayoría de mis artículos han apuntado a la defensa de la fe o a la profundización de una postura de la Iglesia con respecto a tal o cual dogma, sin embargo jamás quisiera olvidarme de la razón por la cual soy cristiano, y – a fin de cuentas – por la cual he creado este espacio, que no es otra cosa que un medio para evangelizar y compartir la riqueza de la doctrina de la Iglesia y del amor de Nuestro Señor. Me parece necesario reconocer que no hemos sido llamados para la mediocridad, para esta tierra que algún día será renovada, sino que Dios nos ha llamado a la santidad.

El propósito de nuestra vida es el cielo. Y cuanto me muero de ganas porque así lo entiendan quienes día a día me encuentro en la universidad, en la calle… en casa. ¿No les sucede a ustedes? Quienes hemos estado enamorados sabemos cuán natural es hablar de aquella persona que amamos día y noche ¡así sucede en mi corazón cuando se trata de Jesús!

“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti”[1]

¡Cuánta verdad la de san Agustín al exclamar esto!, y pienso en las almas de todos aquellos que vagan por la vida sin un sentido real en el cual depositar sus anhelos, sus esperanzas, su vida entera. Es una pena ver cuántas almas sedientas de Dios, en vez de beber del agua viva, terminan bebiendo de esas cisternas rotas de las que hablaba el profeta Jeremías, esas cisternas se han construido para sí mismos[2]

Fuimos hechos para compartir la vida misma de Dios, en el amor, la verdad y la bondad de la Trinidad. Nada en este mundo podrá darnos un verdadero sentido; es a través del conocer y amar a Dios que el hombre llega a ser plenamente feliz.

EL VERDADERO SENTIDO DE NUESTRA VIDA

Hay un momento en que debemos detenernos y preguntarnos a nosotros mismos: ¿cuál es el punto de todo esto? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? Tener la respuesta correcta a estas preguntas es algo esencial. Si fallamos en entender cuál es el sentido de nuestra vida, cualquier otra cosa estará fuera de lugar.

Consideremos por ejemplo, una silla. Una silla es creada con el único propósito de sentarse en ella. La silla está ordenada hacia un fin específico. Ahora, yo podría utilizar la silla para barrer si quisiera, pero “ser una escoba” no es la finalidad de la silla, de manera que si lo hiciese, estaría haciendo un uso desordenado de la silla (debido a que no está ordenado hacia ese fin). En fin, lo mismo es cierto en cuanto a nuestras vidas.

¿CUÁL ES EXACTAMENTE ESE FIN AL QUE ESTAMOS ORDENADOS?

Para responder esta pregunta debemos recordar que Dios, en Su esencia, es una comunión de vida, amor, verdad, y bondad. En esta verdad descubrimos el propósito de nuestra vida. La razón de nuestra existencia es la de compartir la vida interior de la Trinidad, para experimentar el amor de Dios de la manera más íntima posible. Fuimos hechos para el cielo; fuimos hechos para ver a Dios “cara a cara”[3]. Esta imagen de ver a Dios en toda Su plenitud, sin nada que nos obstruya el poder verle como verdaderamente es. El término técnico  de esto es la visión beatífica. Este es el fin hacia el cual estamos ordenados, para compartir la misma vida de la Trinidad en la gloria del cielo. Esta es la razón de nuestra existencia y el sentido de nuestras vidas.

“A causa de su trascendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia la visión beatífica.”[4]

No es que quiera ponerme “técnico”, es que si alguno de los que me lee considera que el propósito de su vida es cualquier cosa menor a la visión beatífica, NO podrá ser plenamente feliz. Y en esto está de más decir, que esto explica por qué quienes creen que el propósito de su vida es la fama, el dinero, ganar popularidad o placer, se sentirán siempre frustrados y vacíos al final. Si reconocemos a Dios como el verdadero orden al cual tiende nuestra vida, todo lo demás se pondrá en su lugar.

LA VERDADERA TRAGEDIA

León Bloy, escritor francés, expresa con certeza y claridad que “La única tragedia en la vida es no llegar a ser santo”. Y después de todo lo explicado, tiene bastante lógica, pues sería una verdadera tragedia haber sido creados para compartir la vida del cielo con Dios, y al final, terminar viviendo una mediocridad en la tierra y una eternidad tormentosa en el infierno. ¿No es acaso una tragedia?

Sin embargo, todas estas consideraciones parecen estar “fuera del alcance” de muchas personas, no por falta de aviso eso de seguro, pues hasta donde sé la Iglesia sigue predicando lo mismo, los sacerdotes siguen celebrando misa todos los días y siguen vendiendo Biblias en las librerías. El tema aquí, es que muchos optan por “hacerse” un camino propio hacia una felicidad inventada, que ni termina en el cielo ni tiene sentido tampoco aquí en la tierra, en otras palabras, una especie de pantomima de la realidad. Es una pena – y lo constato en el ámbito universitario en el que me muevo – que muchos jóvenes terminan siendo presa de la más absoluta indiferencia con respecto a Dios, la muerte, el cielo y el fin de la vida, sencillamente porque ceden a ideologías materialistas, que dicho sea de paso, son promovidas por las mismas universidades.

Hoy más que nunca el mundo necesita de la luz de Cristo, para que quede al descubierto la diferencia entre lo claro y lo oscuro, la verdad y el error, la vida y la muerte. Como cristianos debemos ser siempre un signo de contradicción ante la cultura del relativismo, y esto es un campo de batalla que nos seguirá a todos lados: universidades, colegios, escuelas, lugares de trabajo y – como tragedia también – entre los mismos católicos, pues siempre hay quienes andan por la vida confundidos, diciendo amar locamente a Jesús, mientras coquetean con doctrinas llamativas y extraña[5]s, alabando la grandeza de Dios, pero quejándose por no estar de acuerdo con la Iglesia, y así, un sinnúmero de incoherencias que también son parte de nuestros ámbitos católicos.

Si has leído este artículo hasta aquí, permíteme exhortarte a vivir una vida de cara a Dios, siendo sensatos con nosotros mismos, admitiendo que ningún “plan personal” será mejor que aquél que nos propone el Hijo de Dios. Hoy es un excelente día para comenzar o recomenzar una vida cristiana coherente.

Que Dios los bendiga.


[1] San Agustín, Confesiones. Libro I, Cap. I

[2] Jeremías 2,13

[3] 1 Corintios 13, 12

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 1028

[5] Hebreos 13, 9

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