Cuando nos acostumbramos a Dios

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Hace poco el Papa Francisco visitó el Ecuador, dejándonos una riqueza espiritual que debe ser meditada durante un largo tiempo. Como es costumbre de Francisco, apuntó a las heridas más visibles y las necesidades más urgentes de la Iglesia. Fruto de esta visita, quisiera centrarme en la intención y forma en que estamos viviendo el amor que hemos recibido de Dios y la gracia de ser sus hijos.

Nunca es suficiente el tiempo que dediquemos a considerar las verdades de nuestra fe, y en esta sola afirmación cabe meditar ¿por qué muchos vivimos suponiendo verdades de fe?… pasaré a explicarme a continuación:

¿PARA QUÉ NOS CREÓ DIOS?  

“Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada (…)”[1]

De esta manera empieza el prólogo del Catecismo de la Iglesia, y se me eriza la piel de tan sólo leerlo, pues ésta sola verdad contenida en dos renglones, si pudiésemos tan sólo entenderla en algo y vivirla en otro poco, habríamos incendiado al mundo en el amor de Dios en cuestión de tiempo. Sucede que muchas veces las verdades de fe así como las experiencias que hemos tenido con esas verdades las repetimos tantas veces (“Dios me ama”, “yo confío en Dios”, “llevo una vida cristiana”, “me encontré con Dios”, etc) que pareciera que nos hemos acostumbrado a ellas o peor aún, que hemos dado por supuesto que el hecho de repetirlas implica que ya las vivimos. Esto es así, que por más veces que repitamos que amamos a Dios sobre todas las cosas, pero seguimos siendo incapaces de verle en los demás (y no en los que nos caen bien necesariamente), no habremos comprendido lo que significa y así, la habremos supuesto.

Meditar, entender y vivir estas verdades exige de nosotros una coherencia con el infinito amor que hemos recibido. Esto puede resumirse en que, cada misa los domingos al salir, podemos ver a los mismos que comulgaban devotamente, gritar exasperados en el parqueadero de la parroquia para salir pronto y siendo incapaces de ceder el paso, o llegar a casa a encerrarse cada uno en sus cuartos, siendo incapaces de compartir en familia… Estas son realidades propias de la Iglesia (es decir, de todos los que somos bautizados, que también somos Iglesia) que formar parte de la naturaleza pecadora de la misma. Frente a esto, hemos de darnos cuenta que ese amor que hemos recibido gratuitamente, exige coherencia no en los grandes martirios ni en las vigilias de oración, sino en los pequeños detalles de amor y servicio con los demás.

Dios que es infinitamente Perfecto y Bienaventurado, en su misericordia quiso que participemos de Su amor y naturaleza. ¿Te has puesto a pensar que no existe cosa en este mundo que puedas dar a Dios que pueda en algo “pagar” esta dignación que ha tenido con nosotros? Tanto es así, que lo menos que podemos hacer es darnos a nosotros mismos, y haciendo esto tan solo estaríamos devolviéndonos. Esta es una realidad que debería llevarnos a hacer la más grande afirmación que nos adelantaría muchísimo en el camino hacia Dios: sin Dios no somos nada, somos pecadores y lo necesitamos. Cristo quiso que tengamos muy clara esta realidad, pues cuando nos dijo que Él es la vid y nosotros los sarmientos, procuró decir que separado de Él no podremos hacer NADA[2]… ni siquiera “algo” sino que fue claro en decir: “¡nada!”

Esta afirmación debe ser para nosotros un examen de consciencia constante, pues a veces podríamos caer en el error de considerar la vida cristiana como una especie de “escalera” en donde uno va “subiendo niveles”, de lo que pasado cierto tiempo muchos se preguntan: “¿y ahora qué toca?”. ¡Cuánta soberbia y equivocación la de ver el camino del amor de Dios de esa manera!

Ciertamente, el principal error del Protestantismo radica en considerar la sola fide (sólo la fe salva), pero muchos católicos parecen caer en el otro extremo oscuro y pelagiano[3] de que “yo alcanzo la salvación con mi esfuerzo”. Aquellos que viven de esta manera, sufrirán frustraciones a cada paso al corroborar que con nuestras fuerzas – alejados de Cristo – no podemos hacer nada.

DIOS NO NOS ABANDONA

Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre[4], pues quién mejor que Él que conoce nuestra condición y debilidades para ayudarnos. Pero para esto, Dios pide que se le deje entrar al corazón, de manera que sea Él quien conduzca nuestra vida sin ninguna limitación ni barrera de nuestra parte.

A todos aquellos que aún vagan por el mundo sin sentido, desesperados y preocupados por las cosas de este mundo y perdiendo la paz por tonterías, san Pablo les exhorta con un grito que llega hasta los tímpanos: Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad[5], de tal manera que no sólo se queda con nosotros en la Eucaristía para alimentarnos[6], sino que instituye a la Iglesia para que – con la guía del Espíritu Santo – nos de las herramientas necesarias para la salvación, luego en Ella instituye los 7 Sacramentos, para después dejarnos a Su propia Madre como Madre Nuestra… ¿qué más necesitamos?

Luego de considerar estas verdades, qué necio sería de nuestra parte creer que podemos salvarnos a nosotros mismos sin Dios. Más aún, ¡qué difícil y vacío será vivir una vida sin sentido, sin el amor de Jesús!

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 1

[2] Juan 15, 5

[3] Recibe su nombre de Pelagio, una herejía del siglo V que negaba el pecado original y además, decía que la gracia de Cristo no era necesaria ni gratuita, sino que se alcanzaba con el esfuerzo.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 1

[5] 2 Timoteo 2, 4

[6] Juan 6, 54

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